ASANDA expresa su desconcierto ante las declaraciones del presidente del Colegio de Veterinarios de Sevilla
En la entrevista, Sánchez-Apellániz afirma que desde el Consejo se va a «defender tanto a los usuarios como a la profesión veterinaria, amando a los animales». Una declaración que, para quienes defendemos a los animales, resulta difícil de conciliar con la trayectoria profesional pública del propio entrevistado.
Sánchez-Apellániz no es ajeno a la tauromaquia. Ejerce desde el año 2000 como veterinario de plaza en la Real Maestranza de Sevilla y participa activamente, desde sus responsabilidades colegiales, en asuntos relacionados con los espectáculos taurinos y con la aplicación del Reglamento Taurino de Andalucía. También preside actos vinculados a la actividad taurina, como el Premio al Mejor Toro de la Feria de Abril, se entiende que al toro que mejor se dejó atormentar.
Para ASANDA, esta circunstancia es especialmente relevante cuando el propio presidente de los veterinarios sevillanos reivindica que los profesionales deben proyectar una imagen de respeto y amor hacia los animales.
Porque resulta difícil entender cómo puede hablarse de «amar a los animales» mientras se participa profesionalmente en un espectáculo basado en la utilización, sometimiento, sufrimiento y muerte de un animal como parte del entretenimiento.
La tauromaquia no es una actividad en la que el veterinario se limite a proteger al animal frente a una situación accidental. En una corrida de toros, la intervención veterinaria se desarrolla dentro de un espectáculo cuya propia estructura contempla el enfrentamiento deliberado con el animal, su sometimiento y, finalmente, su muerte.
Desde nuestra perspectiva animalista, existe por ello una contradicción que merece ser explicada: ¿cómo puede defenderse públicamente el amor y el bienestar de los animales y, al mismo tiempo, desempeñar una función profesional vinculada a un espectáculo que causa deliberadamente sufrimiento y muerte a esos mismos animales?
No cuestionamos que un veterinario pueda tener conocimientos técnicos ni que pueda ejercer correctamente determinadas funciones profesionales. Lo que señalamos es una cuestión de coherencia entre el discurso público y la actividad que se defiende o en la que se participa.
También nos sorprende que una entrevista destinada a presentar «la imagen real del veterinario» no explique al lector que su protagonista lleva décadas ejerciendo como veterinario de plaza en la Real Maestranza. Se trata, a nuestro juicio, de un dato profesional relevante para comprender su trayectoria y para contextualizar sus declaraciones.
Los animales no necesitan solamente que se hable de ellos con palabras afectuosas. Necesitan que sus intereses sean tenidos en cuenta y que se rechacen las prácticas que les producen sufrimiento cuando ese sufrimiento responde exclusivamente al entretenimiento humano.
Para ASANDA, amar a los animales debe significar también defenderlos frente a la violencia y el sufrimiento innecesarios. Y eso es incompatible con presentar la tauromaquia como una actividad que pueda conciliarse sin más con el respeto y el amor hacia los animales.
Por ello, invitamos al presidente del Colegio de Veterinarios de Sevilla y del Consejo Andaluz de Colegios Oficiales de Veterinarios a explicar públicamente cómo concilia estas declaraciones con su actividad profesional en la tauromaquia.
Porque si se pretende «demostrar la imagen real del veterinario», consideramos que la relación profesional del máximo representante de los veterinarios sevillanos con la tauromaquia también forma parte de esa imagen real y no debería quedar fuera del relato.









