ASANDA: La tauromaquia no puede tener carta blanca en la universidad
La Universidad Internacional de Andalucía ha vuelto a programar en su sede de Baeza un encuentro dedicado al denominado «toro bravo», bajo el título Del campo a la plaza. Claves para conocer, comprender y comunicar el toro bravo. No estamos ante una actividad puntual: es ya la sexta edición de los encuentros taurinos organizados por la UNIA. La propia Junta de Andalucía, además, ha presentado este tipo de iniciativas como una forma de «promover la cultura taurina» en el ámbito universitario.
Y aquí está la cuestión fundamental: una cosa es estudiar la tauromaquia y otra muy distinta es utilizar la universidad para legitimarla, promocionarla y presentarla como un patrimonio cultural incuestionable.
Nadie discute que la universidad pueda estudiar cualquier fenómeno humano. Se puede investigar la tauromaquia desde la historia, la antropología, la sociología, la ética, el derecho, la veterinaria o cualquier otra disciplina, y hacerlo desde perspectivas diversas, incluidas las más críticas. Del mismo modo que una universidad puede estudiar la Inquisición, la pena de muerte o cualquier otra práctica histórica sin que ello implique promoverlas.
Pero eso no es lo que se desprende de esta programación.
El problema no es que se hable del toro. El problema es desde dónde y para qué se habla de él. Cuando el programa incorpora la mirada del matador, del ganadero, del mayoral, del crítico taurino y de personas vinculadas al mundo taurino, y cuando la actividad práctica incluye incluso una visita a una ganadería con tentadero y otras faenas de campo, resulta difícil sostener que estamos simplemente ante un análisis académico neutral.
Se intenta distraer la atención del fondo con el capote de las formas: se habla de «comportamiento», «selección», «cría», «cultura», «patrimonio», «sostenibilidad» o «comunicación». Pero ninguna de esas palabras cambia la realidad de lo que ocurre en la plaza.
Tampoco convierte en académico un espectáculo cruel el hecho de rodearlo de titulaciones, cargos universitarios o lenguaje científico. Que participe un «maestro» no transforma en conocimiento neutral lo que esencialmente es su experiencia profesional en una actividad cuyo desenlace es la muerte del animal. Que participen veterinarios tampoco elimina la contradicción de que una profesión cuya razón de ser incluye la protección de la salud y el bienestar animal aparezca vinculada a la normalización de una práctica en la que el sufrimiento forma parte del espectáculo. Y que participe personal investigador o profesorado universitario no convierte automáticamente en investigación imparcial aquello que se presenta, de manera expresa, como conocimiento y promoción del mundo taurino.
La universidad no debe prestar su autoridad para blanquear aquello que se pretende presentar como objeto de admiración.
La Junta de Andalucía puede defender políticamente la tauromaquia. Puede destinarle recursos públicos, si considera que esa es su prioridad. Puede incluso organizar actividades de promoción desde las instituciones culturales o turísticas que correspondan. Pero una universidad pública tiene una responsabilidad diferente: debe preservar el pensamiento crítico, el rigor académico y la independencia intelectual.
Por eso, desde ASANDA consideramos que existe una línea roja cuando la institución universitaria deja de estudiar críticamente un fenómeno para convertirse en plataforma de su promoción.
No cuestionamos que la tauromaquia pueda ser objeto de estudio. Cuestionamos que se confunda estudiarla con legitimarla.
Y precisamente porque la universidad tiene una enorme capacidad de conferir prestigio y autoridad, resulta especialmente preocupante que una actividad de promoción taurina se presente ante el alumnado como formación universitaria.
La Administración andaluza puede seguir intentando meternos la tauromaquia hasta en la sopa. Lo que no debería poder hacer es servirla también en las aulas universitarias como si el sello académico bastara para convertirla en conocimiento neutral y respetable.
La universidad debe enseñar a pensar, a cuestionar y a analizar. No debe convertirse en escaparate promocional de un espectáculo basado en el sufrimiento y muerte de animales.
La tauromaquia puede ser estudiada en la universidad. Lo que no debe tener sitio en ella es su promoción revestida de enseñanza académica.









