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Este artículo puede herir su sensibilidad (I)

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JUEVES, 20 DE SEPTIEMBRE DE 2007
Jorge Rojas Hernández

SIEMPRE se ha hablado, y es preciso reconocer que sin mucho éxito, del mal trato que reciben los animales. La humanidad ha considerado desde que existe que "el pez grande se come al chico", es decir que la alimentación de los vertebrados e invertebrados ha de tener como base la ingestión de otros animales -a menudo, aunque no siempre, más pequeños- que los provea de las indispensables proteínas. Si el tamaño influye, los pequeños se constituyen en auténticos ejércitos que atacan -y vencen- a los grandes, sin que la fuerza o la habilidad de estos puedan evitar la acometividad de aquellos.

Ésas han sido siempre las leyes de la naturaleza, y van a seguir siéndolo. Por eso no ha lugar a lo que piensa mucha gente que suele ver los documentales que nos ofrece la televisión sobre la vida animal. Se pregunta por qué un reportero que filma una escena en la que va a morir un ejemplar víctima de la ferocidad de otro no interviene y lo evita. Nos dejamos llevar por la compasión, por la pena, sin pararnos a pensar que, aun siendo racionales, no tenemos ningún derecho a intervenir en sus vidas. Nacen, se reproducen y mueren, como nosotros, y es la misma naturaleza la que se encarga de eliminar a los más débiles, en un proceso que Darwin bautizó como "selección natural". Sin embargo, aunque haya excepciones, lo normal es que los animales que matan a otros lo hacen para alimentarse, cuando tienen hambre. Además, la cadena alimentaria está estructurada para que el león, por ejemplo, que mata a una gacela se sacie, pero deja siempre partes de la pieza sin tocar para que la eliminen los carroñeros, de tal modo que al final sólo quedarán los huesos.

El "rara avis" de la naturaleza es el hombre, el único depredador que mata por placer, con la particularidad, además, de que a menudo lo hace sin intervenir directamente, tal y como ocurre en las peleas de gallos o de perros. En la preparación de los animales que contienden se gastan enormes cantidades de dinero, si bien la inversión queda sobradamente compensada con las apuestas que realizan los espectadores, quienes, por otro lado, con su apasionamiento y entusiasmo desmedido, ofrecen mayor espectáculo que el que presencian.

De dónde le viene al hombre ese deseo de extasiarse con el sufrimiento de los animales sería muy difícil de averiguar, aunque quizá la costumbre tenga sus raíces en el imperio romano: recuérdese las peleas que se celebraban en los anfiteatros entre fieras y toros. Sin olvidarnos de las corridas de toros, la caza de zorros o jabalíes, el lanzamiento de cabras desde campanarios, el acribillamiento de toros con dardos, el lanzamiento de vaquillas al mar, etc., la mayoría de los cuales son números principales en muchos pueblos de nuestro sanguinario país. Quiero decir con esto que hay gente para todo: algunos, como yo, bastante pusilánimes porque no podemos soportar el mal trato que reciben muchos animales. Otros, sin embargo, carecen totalmente de sentimientos compasivos y actúan como si los irracionales fuesen de peluche o de goma, por tanto incapaces de sufrir. Los animales gritan como lo haría un hombre sometido a torturas, pero para sus sacrificadores sus gritos deben ser como los sonidos que emitían las antiguas muñecas cuando se apretaba su vientre.

Lógicamente, para las personas que se ven obligadas a trabajar en mataderos a fin de ganarse la vida llegará un momento en que los chillidos de los animales, sus miradas implorantes, son irrelevantes. Realizan la misión por la que les pagan -como hacen el peón caminero, el albañil o el abogado-, pero lo triste es que el objeto de su trabajo son seres vivos, que sienten el dolor como nosotros, sin que en ningún momento tengamos derecho a eliminarlos utilizando medios que les causen sufrimientos. No me parece acertado, sin embargo, lo que propugnan los vegetarianos. Ya lo dije antes -el pez grande se come al chico-, y si nuestra grandeza "racional" nos permite idear las maneras de alimentarnos con su carne y productos -leche, miel, huevos…"-, lo único que tendríamos que hacer es mantener "viva" la cadena alimentaria a que entes me referí.

Pero no estoy de acuerdo con los métodos que se emplean para conseguir al menor coste lo que los irracionales nos proporcionan. Y no soy el único, ni muchísimo menos, pero la ignorancia de lo que por ahí se hace no nos permite exigir que se empleen métodos más humanos (¿?) en la matanza de animales. De ahí el título de este cometario, que nace de la visión de un video contra el exterminio de focas y otros animales. En él, una señora que luce un espléndido abrigo de pieles es asaltada de manera brutal por un hombre. Este la golpea salvajemente, con ensañamiento, tras lo cual la despoja e su abrigo tirando con fuerza de él, como si despellejara una nutria, un visón o una foca. La escena, por lo rápida y violenta, nos revuelve las entrañas, pero es el sistema que actualmente se emplea para la obtención de prendas de abrigo. De ello da fe la página web de People for the Ethical Treatment of Animals (www.peta.org), que no recomiendo ver a personas sensibles.

Abundando en lo anterior es conveniente saber que en la actualidad se matan millones de animales sólo para hacer abrigos, estolas, chaquetas, etc. La mayoría de ellos pasa la vida enjaulados, casi sin espacio físico para moverse, siendo su previsible final la muerte por electrocución, asfixia o a golpes. Rizando el rizo, podría llegar a ser considerados lícitos estos sistemas para acabar con su vida, pero es que con frecuencia los animales son despellejados cuando aún no han muerto. Esto se hace con visones, nutrias, mapaches, armiños, conejos, etc., que viven en jaulas de reducidas dimensiones, alimentados con piensos que, a menudo, se mezclan con sus excrementos.

En el proceso que se sigue lo más importante es no dañar la piel. Los procesos que antes señalé para lograrlo no varían mucho: a) se les retuerce el cuello manualmente, como se hace en nuestros campos con las gallinas; b) se los somete a una descarga eléctrica introduciéndoles un electrodo en la boca y otro en el ano; c) se les propina un simple y fuerte golpe en la cabeza. Realizado este acto, sin comprobar su efecto, el animal es desprovisto de su "valiosa" piel. A veces el encargado de este trabajo se percata de que el animal -me refiero al irracional, no a él mismo- aún sigue con vida, por lo que tiene un rasgo de "humanidad" y termina matándolo de modo efectivo: le aplasta el pecho pisándolo.

Lo apuntado hasta ahora se refiere a animales criados en granjas, pero ¿qué decir de los que son atrapados con cepos en campos y bosques? Con frecuencia, en su lucha para librarse de ellos, se daña la piel, por lo que carecen de interés para sus cazadores y son abandonados, sin recibir un tiro de gracia que acabe con sus sufrimientos, a fin de que sean alimento de otros animales. ¿Cuántos españoles nos quedamos impresionados cuando los periódicos publican fotografías de esos pobres galgos que, al no cumplir por vejez el trabajo que sus dueños les imponen, acaban colgados de un árbol?


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