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Justificando la caza cerca de un colegio. Opinión. Reportaje de C.Q.C.

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El Xornal, 10 septiembre 2008.
Justificando la caza cerca de un colegio.
Julio Ortega Fraile.
Leo en el foro de una Página de cazadores los comentarios de los adictos al cartucho acerca del reportaje emitido recientemente por el Equipo de Caiga Quien Caiga en La Sexta, en el que se denunciaba la existencia de un coto de caza a escasos metros de un Colegio en la Localidad madrileña de Colmenarejo.



Los “escopeteros” se expresan indignados por el enfoque y tratamiento de la noticia y califican de ignorantes e idiotas tanto a los periodistas como a los vecinos de la zona por su lógico rechazo a que tan cerca de un Centro Escolar, existan terrenos en los que estos Madelman cazadores se dediquen a pegar tiros y a dar rienda suelta a ese instinto brutal, que les lleva a la necesidad de reventar animales a disparos para satisfacer no se sabe qué enfermiza vanidad y alimentar una “hombría” que pasa por ver quién tiene el arma de mayor alcance y le pesan más los trofeos.

Son tan cerriles y egoístas que incluso arremeten contra uno de ellos mismos cuando el hombre, demostrando cierto juicio del que carecen sus compañeros de aventuras cinegéticas, se atreve a decir que a pesar de ser cazador, como padre tampoco le gustaría que sus hijos acudiesen a un Colegio en el que se practica la caza a poca distancia, añadiendo que en su colectivo hay de todo y que no son pocos los que en ocasiones primero disparan en el ansia de no perder la pieza y luego la identifican con más exactitud, todo ello con los trágicos resultados que conocemos. Sin embargo, el resto de participantes muestran su desacuerdo con estos argumentos cabales y lejos de admitir la menor crítica, afirman que no existe riesgo alguno en llevarla a cabo cerca del Centro y es que como ellos dicen por encima de todo son cazadores y el empuñar un arma, perseguir a una presa y abatirla es lo más emocionante de su vida; lástima que para muchos seres, incluido más de uno racional, tal pasión signifique la muerte.

Aseguran que la proximidad al Colegio no constituye un riesgo porque a pesar de que las tablillas indicadoras del coto están junto a éste, ha de existir una zona de seguridad y por otra parte, manifiestan tener la responsabilidad, pericia y juicio necesarios como para no poner en peligro la vida de nadie con sus disparos. Endebles, muy endebles además de falsas son esas razones y sirva de muestra el que en 2007 muriese una veintena de personas y cerca de un millar resultase con lesiones de diferente gravedad en “accidentes” de caza, carentes de responsabilidad penal y a los que por cierto yo denominaría “consecuencias” y no “incidentes, percances o desgracias fortuitas”, ya que son el resultado lógico y previsible de que a individuos entusiastas por acabar con la vida de seres vivos, por muy irracionales que sean, se les permita tener un arma. No creo que dispongan ni de la sensatez ni de las aptitudes necesarias para ejercitar su sangriento pasatiempo sin que se vea amenazada la vida de sus propios compañeros o de personas ajenas a tan repugnante entretenimiento. Y por supuesto, carecen de la sensibilidad necesaria para comprender que próximos a un Colegio, da lo mismo que sea a 10 que a 500 metros, utilizar una escopeta es alimentar la posibilidad de que ocurra un desastre. ¿Y qué capacidad de ponerse en la piel de otros van a tener estos matachines?, cuando les excita y agrada matar animales como forma de diversión; cuando muchos de ellos contratan en el extranjero cacerías de especies aquí protegidas pero que se pueden abatir aún estando en peligro de extinción en determinados países pagando la suma adecuada; cuando en gran número son furtivos, usan cebos envenenados, lazos, trampas y acaban con la vida de sus perros de un disparo fortuito – otro “accidente” – , atrapados en sus cepos, en el enfrentamiento del can con un jabalí o simplemente deshaciéndose de ellos cuando ya no les son útiles.

Yo comprendo que es difícil erradicar esta práctica que ha subyugado desde Caudillos y Monarcas a muchas personas del pueblo llano, pasando por Ministros, grandes empresarios o afamados toreros, aunque afortunadamente esta afición va a menos y el número de licencias no deja de disminuir año tras año. Pero llámese el cazador Franco, Juan Carlos, Leticia, Mariano, Espartaco o Perico el de los palotes, la realidad es que constituye una actividad cruel, innecesaria y peligrosa, sustentada en argumentos falaces tales como que es por subsistencia - hoy ya nadie caza por hambre -, que es para controlar la superpoblación de ciertos grupos- y cuando escasea uno los propios cazadores se encargan de repoblar para seguir teniendo dianas vivas – o lo que resulta más grotesco todavía, que lo hacen por amor a los animales y a la naturaleza, por ecologismo vamos, - cuando continuamente abaten ejemplares en peligro de extinción o acaban con la comida de determinadas especies obligando a estas a desplazarse fuera de su entorno habitual para buscar alimento -. Mentiras y más mentiras para ocultar una única verdad: les gusta matar. Da lo mismo que sean pichones que previamente han comprado y trasladan vivos en cajas para soltarlos y dispararles, que organizar un campeonato de matanza de zorros, que pegarle un tiro a animales viejos vendidos por circos o a un oso borracho, la cuestión es destruir vidas por placer.

En el mencionado foro los cazadores, en un paroxismo de necedad y en alusión al programa de CQC, mencionan y aprovechan para culpar también de todo esto a la Ex-Ministra Narbona, al Periodista Iñaki Gabilondo e incluso se refieren al Che Guevara como icono de los anticaza - no me extraña que en su Manifestación del 1 de Marzo quedase claro su apoyo al Partido Popular -. Toda una serie de sandeces para justificar una actividad basada en el sufrimiento y en muertes inútiles y evitables. Qué miedo da pensar que la seguridad de los niños de un Colegio se vea comprometida por el afán exterminador de estos sujetos, que la vida de personas ajenas a su entusiasmo aniquilador y la suya propia corra peligro, no hay más que ver casos como el del padre que disparó a su hijo en la cabeza al ponerse éste por descuido entre la escopeta y la pieza o el de un señor, que paseaba por la zona y murió al ser confundido con un jabalí por un cazador. Y no olvidemos a las víctimas habituales: patos, perdices, conejos, corzos, cabras montesas, rebecos, muflones, jabalíes, etc., si nos referimos a presas permitidas en nuestro País; tigres, leones, osos o elefantes entre otros en las cacerías en el extranjero contratadas desde España y los perros, herramientas al servicio del cazador, sustituibles y desechables a su antojo. Animales cuyo derecho a la vida se ve cercenado y han de soportar terribles padecimientos porque es la forma de “pasárselo bien” para algunos individuos.

La caza implica violencia y falta de respeto hacia otros seres, está en manos de personas que anteponen su inclinación por la misma a cualquier otra consideración y no es de extrañar que lo que a la mayoría asombra y por lo tanto rechaza, que un coto de caza se establezca en las inmediaciones de un Centro Escolar, ellos lo consideren normal y se sientan ofendidos por la denuncia realizada ante tan increíble hecho y es que quien siente deleite matando ya está mostrando cuál es su verdadera personalidad.






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