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La otra crónica taurina. Opinión. Julio Ortega.

archivado en:
Blog Maltrato animal, un crimen legal.
Opinión.
martes 23 de septiembre de 2008
"José Tomás, entre lo humano y lo divino".
¡Y no estuve allí!. Hoy he de conformarme, infeliz de mí, con leer la crónica de un periodista taurino que ha plasmado tu tarde en La Monumental con la grandiosidad que sólo tus lances pueden inspirar, utilizando el lenguaje con misma la delicadeza y energía con que tú manejas muleta y espada y logrando que contemple tu figura, casi con la misma devoción con la que me arrodillaría ante una Imagen de Nuestro Señor porque tú, José Tomás, al igual que Él, la tarde del domingo 21 de Septiembre, cual Jesucristo descendido a la arena y enfundado en un traje de luces, fuiste dueño y señor de la vida de una criatura y se la perdonaste, renunciaste a tu potestad sobre su existencia y mostrando una generosidad sin límite, indultaste a Idílico, un toro que había entrado en la Plaza con el alto destino de enfrentarse a la pica, a las banderillas, a tu estoque e ir siendo reducido poco a poco por tu genio y arrojo para al fin, caer desplomado ante tu imponente figura, vomitando sangre para mayor gloria de una faena sublime como sólo tú puedes brindar.



No pude estar, pero el relato tan sencillo como gráfico del cronista me transporta a ese ruedo donde vida y muerte se fundieron en ti. En palabras del periodista, rendido ante tu arte: “perdonaste la vida al toro con el ritmo de la clepsidra, la fluidez del agua, la lentitud de la marea baja. Y pusiste a su nombre todas las olas del mar…”. ¿Se puede expresar con mayor acierto, plasticidad y a la vez, con un lenguaje más llano y menos rebuscado?, creo que no. Su pluma y tu espada son dos instrumentos divinos al servicio de uno de los placeres más exquisitos a los que puede acceder el hombre: que hierro y carne se confundan, que la piel negra se tiña de rojo, que las acometidas tornen en paso vacilante, que la bravura de lugar a unas patas que se doblan y que unos pulmones, en vez de oxígeno se alimenten de sangre y el ahogo traiga los estertores y estos la muerte. ¡Cuánta belleza y delicadeza en esa estampa!.



Ya dijiste, Maestro José Tomás, que “Vivir sin torear no es vivir” y yo añado que para mí, la vida sólo merece la pena si puedo seguir contemplando a un toro humillarse ante ti; si puedo disfrutar de una imagen tan hermosa como impactante y a la que para fortuna nuestra nos tienes acostumbrados: la del animal cayendo moribundo y la tuya con tu pose torera, desafiante, orgulloso, por encima del bien y del mal, con tu rostro manchado con la sangre de la bestia, tu traje desgarrado después del enfrentamiento y esa mirada tuya, tan limpia, tan profunda, como sólo la puede tener alguien que siendo un ser superior, reúne al mismo tiempo compasión, sensibilidad y humanidad. Porque tú matas al toro con amor y él, que sin duda lo sabe, recibe con agradecimiento esos interminables centímetros de acero dentro de su cuerpo como si fuesen una caricia regalada por una mano celestial.



Y si hasta ayer te admiraba hoy esa fascinación se ha convertido en devoción, porque has realizado aquello que sólo está al alcance de unos pocos elegidos: perdonar una vida. Pudiste haber ajusticiado al animal porque ese es tu generoso y envidiable cometido; estaba en tu mano haberlo mutilado después y conservar su rabo y sus orejas como tributo a tu audacia y porque en definitiva, a ti pertenecían y no a él como ser supremo que eres con autoridad sobre la existencia vital del astado, mero instrumento al servicio de tu valentía y de tu honor, labrados a golpe de espada. Sin embargo lo devolviste malherido a la dehesa. ¡Cuánto altruismo!.



Quiero que mis hijos aprendan de ti José Tomás. Que se empapen de tu coraje, que hereden tus agallas, que seas su preceptor en la materia más difícil de impartir: la del comportamiento del hombre frente a otros seres vivos, cuyos derechos terminan donde comienza tu leyenda. No hay libro más instructivo que tu muleta, ni sistema pedagógico más idóneo que tus pases, no existe lección más magistral y de mayor provecho para ellos, que la que tú puedes ofrecerles cuando clavas el estoque hasta la empuñadura en el cuerpo del toro y éste comienza su magnífica agonía. Cada convulsión del animal, cada bocanada de sangre, es una huella que quedará indeleble en sus mentes infantiles y les ayudarán a ser mejores personas, como lo eres tú Maestro.



Me siento tan dichoso de pertenecer a una Sociedad en la que tu labor, de mayor alcance y más necesaria que la de cualquier otro, se sigue reconociendo, apoyando con el dinero de todos y siendo amparada por la ley. No como en esos otros Países, donde hablan de “tortura”, ¿qué sabrán ellos?. Sólo un mentecato puede ver sufrimiento en la satisfacción del toro mientras se enfrenta al hombre; sólo un necio llamaría maltrato a lo que es el destino más digno que se le puede otorgar al bóvido; sólo un ignorante afirmaría que es un espectáculo cruel cuando realmente es todo un ejemplo de amor al animal, pero claro, hay que poseer el espíritu soberbio de José Tomás y su clarividencia, para poder apreciar que el toro se siente afortunado cada vez que aprecia como sus órganos internos son desgarrados por la mano amiga del torero.



Que digan lo que quieran todos esos pusilánimes que critican la Fiesta, pero sin duda prefiero que mis hijos se formen en la virilidad de José Tomás, que en la sensiblería de esos timoratos que se dedican a querer convencernos de que el sufrimiento de un toro es algo indeseable. Parece que todavía no se han enterado de que el hombre es el ser superior y está en su pleno de derecho de descabellar a un toro, clavarle lanzas, prenderle fuego o arrastrarlo atado a sogas. Perdónales hijo pródigo de Galapagar, son tan memos que no comprenden que es mucho más importante y deseable tener unos atributos como los tuyos que toda su grotesca solidaridad con unos seres que han nacido para que tú los mates. Y aún después de haberle perdonado la vida a Idílico protestan. Vaya pandilla de enclenques sin testosterona.

Julio Ortega Fraile.


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