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Los políticos callan ante la tortura a los toros. Opinión. Julio Ortega.

archivado en:
Diario El Xornal, 12 agosto 2008.
Julio Ortega Fraile.

Se suceden y multiplican en nuestro País los actos de protesta contra las corridas de toros. Concentraciones silenciosas, manifestaciones, representaciones simbólicas con figurantes caracterizados como toros sangrantes con las banderillas clavadas, mesas informativas, conferencias, documentales, actuaciones musicales… en definitiva, un clamor popular expresado de diferentes modos pero que converge en un objetivo compartido, en una exigencia común: la abolición de las corridas de toros y la prohibición de festejos populares que supongan la tortura y la muerte de estos animales como ocurre en tantos puntos de nuestra Geografía; Toro de la Vega, Toro de Coria, toros ensogados, embolados, Bous al Carrer, incluso toros ahorcados. Un panorama digno de de un Pueblo bárbaro de la antigüedad pero que incomprensiblemente, tiene lugar en esta Sociedad, moderna y civilizada en pleno año 2008.

La gente que en la calle se manifiesta contra esta salvajada representa la parte visible y activa del 80% de la Población, porcentaje aproximado que, según las encuestas, está en contra de lo que se ha venido llamando la “Fiesta Nacional”. Resulta patético comprobar cómo todavía para algunos, cada vez menos, el término “Fiesta” va asociado al sufrimiento de un ser vivo. Que aún haya alguien a quien le divierta quemar, alancear, mutilar, picar, estoquear, clavar las banderillas, disparar o ahorcar a un animal, es signo no sólo de que la crueldad forma parte de la naturaleza del ser humano, sino también de que por inconcebible que resulte, existen vías legales para canalizarla y practicarla, lo que nos lleva frecuentemente a traspasar el límite de lo repugnante pero inexplicablemente lícito, hacia otras formas de brutalidad no legítimas ante el Código Penal. Esta siniestra faceta del antropocentrismo que mostramos es el escalón inmediatamente anterior a la creencia de una superioridad entre pares. Los que justifican la tauromaquia habitualmente hacen lo propio con la caza, la peletería, la vivisección, la experimentación o con los animales sometidos y enjaulados en los circos, son benévolos con los casos de maltrato animal y no en pocas ocasiones, tal actitud de crueldad con criaturas irracionales es la antesala de futuras agresiones y crímenes cuyas víctimas son seres humanos.

Los políticos son gestores, su labor no es otra que administrar y legislar en función del interés del Pueblo que es el que los elige y han de buscar siempre el bien de la mayoría, atender a sus peticiones e intentar que la Sociedad avance, pero dentro de la justicia y de la razón, nunca por el camino de la violencia o del abuso de unos seres sobre otros. Se muestran nuestros estadistas orgullosos de la Constitución, como máximo exponente del Ordenamiento Jurídico y en el que es frecuente encontrar términos tales como: libertad, derechos, igualdad o respeto, sin embargo, tal Declaración de Intenciones es papel mojado cuando nos referimos a los animales, para los que no parece ser de aplicación en cualquier caso el artículo 15 de la Carta, donde dice que “todos tienen derecho a la vida y a la integridad física y moral, sin que, en ningún caso, puedan ser sometidos a tortura ni a penas o tratos inhumanos o degradantes”. Y ante el argumento de que la Norma se refiere a personas, me pregunto cómo cumplir el artículo 27 según el cual: “la educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales”,cuando estamos permitiendo no sólo que nuestros menores sean testigos de costumbres, tradiciones y actividades que ensalzan la tortura, sino que incluso se admite y alienta que participen en las mismas; ¿es eso educar en convivencia y respeto a los derechos y libertades?.

Nuestros mandatarios autorizan en la mayor parte de las ocasiones las manifestaciones contra la tortura a los animales y con eso han salvado su imagen de demócratas, pero consienten y callan; permiten la protesta controlada pero jamás la escuchan, miran hacia otro lado y siguen tolerando. La ceguera y la sordera intencionadas ante las demandas de la Sociedad pueden no ser criticables en un individuo que no tiene responsabilidades de gobierno, pero jamás es admisible en los que se han presentado libremente para intervenir en la Política de un Estado, Comunidad o Ayuntamiento, han sido elegidos por el Pueblo para hacerlo y cobran por ello. No se pueden anteponer el miedo o los intereses económicos o electorales a una petición mayoritaria de la Sociedad, más cuando el ejemplo en otros Países nos muestra la tendencia y sobre todo, si el ruego popular está orientado a terminar con prácticas crueles y brutales.

Sin embargo, no sólo ignoran nuestros representantes públicos la exigencias de la mayor parte de los ciudadanos, sino que encima subvencionan con dinero de todos aquello que saben que se rechaza de forma inequívoca y generalizada. Las corridas de toros se mantienen gracias a las ayudas económicas procedentes de fondos públicos; cuando en una Localidad se deja de financiar la tortura en las Plazas de Toros, éstas han de cerrar porque no hay aficionados suficientes para que resulte rentable explotarlas.

Siendo ésta la situación, me pregunto si existen más ejemplos similares, en los que la gran mayoría de los ciudadanos declaren su repulsa a algo pero no se haga el menor esfuerzo por abolirlo, en los que se multipliquen las manifestaciones populares exigiendo la erradicación de determinada práctica, como son estos espectáculos y la respuesta gubernamental sea un silencio absoluto, en los que se sufrague con dinero de todos lo que a casi todos repugna, en los que se enseñe a los niños que es lícito causar daño y dolor, en este caso, torturar y matar seres vivos, se les permita ser testigos e incluso existan escuelas donde aprendan cómo hacerlo, en los que otros Países contemplen horrorizados cómo seguimos manteniendo tales aberraciones y aquí se utilicen, de modo bastante infructuoso, como atractivo turístico. El caso de las corridas y festejos con toros es asombroso y raya el desprecio hacia la Sociedad, pues constituye un ejemplo de cómo ésta requiere el fin de usos que atentan contra la dignidad de los que los contemplan y la integridad de aquellos que los padecen y sin embargo, sus representantes desdeñan tan cabal y necesaria petición, constatando que en este caso van muy por detrás de la cordura, sensibilidad y cultura que sus electores exhiben.

Este hecho podría calificarse de bochornoso, ridículo, anacrónico, esperpéntico y hasta increíble, sino fuese porque esconde episodios espantosos. Tales calificativos dejan de ser adecuados cuando vemos a un toro temblar, vomitar sangre, tambalearse, caer, patalear y ahogarse entre estertores; cuando le persiguen con lanzas y ya no sabe adónde huir mientras lleva algunas atravesando de lado a lado su cuerpo; cuando sus cuernos son una bola de fuego y sus ojos se están quemando; cuando todavía con vida, después de torturarlos, se le cortan los testículos; cuando sufre, agoniza y muere entre las expresiones de júbilo, alegría y diversión de unos cuantos individuos insensibles al dolor ajeno, despiadados y embrutecidos. No valen por tanto los adjetivos antes empleados para definir tales muestras de sadismo e iniquidad humanas. Debería de bastar con ver las imágenes terribles de estos crímenes y con escuchar las exigencias de casi todo un Pueblo. Y así parece ser excepto para nuestros Políticos, en su afán de retrasar lo inevitable y hundiéndose hasta entonces cada vez más en la indiferencia hacia los ciudadanos, en su lejanía con el sentir popular y en la obcecación de pretender perpetuar prácticas atávicas y sanguinarias.






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