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Regreso al planeta de los simios. Opinión.

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Diario Vasco, 19 Febrero 2009.
Regreso al planeta de los simios.
- ÁLVARO BERMEJO
Aun a riesgo de equivocarme, no tengo que hacer ningún esfuerzo para imaginar a Mariano Rajoy interpretando el papel de aquel gobernador civil matador de ciervos y fumador de grandes habanos que protagonizó la película Furtivos de José Luís Borau. Me sucede lo mismo con los vocales del Consejo General del Poder Judicial que dirimen si el juez Garzón pudo cometer alguna irregularidad por su participación en dos cacerías en Jaén, el pasado fin de semana, junto al ministro de Justicia, Mariano Fernández Bermejo, mientras se desarrollaba la operación de caza y captura de cargos locales del PP.
Desde mi perspectiva personal, la cuestión no es si debería dimitir el ministro Bermejo por acudir a la misma cacería que el juez Garzón, sino si debería ser llamado al orden por acudir a cualquier cacería, en cualquier lugar. Pues el hecho de matar animales por el mero placer de matar, implica una afrenta inexcusable contra la sensibilidad mayoritaria en este país y, en concreto, contra el ideario marcadamente ecologista que defiende el Partido Socialista Obrero Español.
Toda esta polémica sucede en el año en que conmemoramos el 150º aniversario de la publicación de la obra cumbre de Charles Darwin, El origen de las especies. Pero encuentro una coincidencia más: mientras se preparaba la primera edición española de esta obra cumbre, en 1903, en San Sebastián se inauguraba la plaza de toros de El Chofre. Es decir, mientras la Europa ilustrada celebra esta revolución del pensamiento que puso contra las cuerdas toda la tradición exegética del Génesis, nosotros deberíamos celebrar la definitiva consolidación de la España cañí. Como si en vez de discutir sobre las grandes preguntas del ser humano, quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos, aquí siguiéramos discutiendo sobre la puntería de nuestro ministro de Justicia a la hora de abatir ocho muflones, en una finca de la eterna España negra que con tanto acierto retrató Miguel Delibes en Los santos inocentes.
Ser diría que la España de La escopeta nacional pervive idéntica a sí misma, sea quien sea quien nos gobierne. Ofende que el ministro Bermejo, oriundo de una de las regiones más humilladas por el señoritismo latifundista, haya interiorizado con tanta ostentación los usos y costumbres de aquellos rancios aristócratas del Franquismo, para quienes las cacerías eran un signo de poder y una ocasión para estrechar lazos con las autoridades del Régimen.
Pero no es del todo así. Obran a favor del progreso sondeos como el que nos sirvió Gallup a finales de 2007, según el cual un 72,7% de la población española afirma no tener ningún interés por los espectáculos taurinos y por la práctica de la caza. Este desinterés lo manifiestan especialmente las mujeres, con un 78,5%, y los jóvenes con edades comprendidas entre 15 y 24 años, con un apabullante 81,9%.
Tal vez algún día, en una España definitivamente europeizada, lleguen a prohibirse las corridas de toros y las monterías, como ya se prohibió en el Reino Unido la caza del zorro. Hay indicios que avalan esta posibilidad. Sin apenas medios, sólo con su trabajo de día a día, El Pacma, el Partido Antitaurino contra el Maltrato Animal, se ha convertido en la séptima fuerza política en Madrid. ¿Cuál es la postura oficial del lehendakari Ibarretxe y de Patxi López en la cuestión del maltrato animal, las cacerías y las corridas de toros?
En todos estos rituales sanguinarios, además de una notable insensibilidad hacia el sufrimiento de los nuestros semejantes, late una pulsión profundamente antidarwinista.
Se suele señalar que el motivo de que El Origen de las Especies fuese rechazado por la sociedad victoriana fue su atentado contra el relato bíblico de la Creación. A mi modo de ver, lo que enfurecía a aquellos adustos próceres no era la blasfemia, sino el insulto personal. Que Darwin estableciera un vínculo entre los simios y los hombres suponía para todos ellos un ultraje intolerable. ¿Por qué? Porque de repente, como el doctor Jeckyll y mister Hyde, habían pasado a ser dos en uno. Por una parte, los atentos esposos y contribuyentes ejemplares. Pero, allá en lo profundo de sus entrañas, aparecía de pronto un animal que sólo obedece a los coletazos de su instinto y que disfruta asaltando por sorpresa a las hembras de las manada o fracturando el cráneo de sus congéneres, tal como lo describió Kubrick en 2001, una Odisea Espacial. Tener agazapada en el sótano de los genes a semejante criatura era más de lo que la mayoría de los ciudadanos del Imperio estaba dispuesta a tolerar.
¿Y qué decir de la España de entonces? Basta una imagen: una célebre empresa licorera sacó a la calle un nuevo producto en cuyo sello, para escarnecer a Darwin, imprimieron el retrato de un mono. con el rostro del naturalista inglés. Acérquense a una botella de Anís del Mono y constatarán que la España cañí sigue en vigor, en pleno siglo XXI.
Me temo que los amantes de las corridas y de las cacerías no se plantean esta cuestión. Pero, en buena lógica, también su planteamiento es profundamente antidarwinista. Ellos siguen pensando que el animal humano pertenece a una especie diferente, con plena potestad para torturar y matar a otros animales. Es lo peor que puede sucederles. Pues, en tal caso, su connivencia con la sangre derramada sólo obedecería a un aberrante placer de matar por matar, y no al ciego instinto de los grandes depredadores. Si actúa así por placer, el animal humano baja un peldaño en la escala de las especies, situándose por debajo del animal que mata, bien por necesidad, bien por una pulsión instintiva, pero jamás con la intención de hacer una fiesta de su matanza.
Trátese de un ministro o de un chulesco matarife vestido de luces, cuando masacra a un toro o a un muflón dejándose arrastrar por esos impulsos que anidan en las alcantarillas de su conciencia, el ser humano está más cerca de un babuino de lo que se atreve a admitir. Que fuimos esas bestias es tan cierto como que las dejamos atrás, como también dejamos atrás el canibalismo y la lapidación pública.
Dos siglos después de Darwin, el camino de la evolución es el único que nos garantiza que algún día seremos menos primarios y menos primates de lo que ahora somos. No hace falta revisionar El planeta de los simios para advertir que todavía hay humanos que avergüenzan a su propia especie por su primitivismo, aunque vistan togas de jueces o entorchados de ministros.
Algún día, nuestros tataranietos leerán en sus textos escolares que, aun en pleno siglo XXI, había animales humanos capaces de aplaudir mientras un matarife da la vuelta al ruedo con dos orejas sangrantes recién cortadas, o mientras un ministro que se dice socialista alza la cornamenta de un muflón inocente abatido por el mero placer de matar.
Nosotros seremos los monos para ellos. Pero esperemos que ellos dejen de serlo, por el bien de la Humanidad.

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