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Sangre y arena

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Se levantó rabioso del suelo y, ante el entusiasmo general, hundió una gran navaja en el epigastrio del animal, que cambió su gesto fiero por la mirada inocente que precede a la muerte. PEDRO APARICIO/
GENNARO llegó al Hotel Central de Samarinda. En aquella ciudad de la isla asiática de Borneo comenzaba unas vacaciones que su agencia de viajes le había ofrecido a muy buen precio. Sin deshacer su maleta, encendió el televisor. No supo explicarse lo que vio: un oso moribundo y ensangrentado manoteaba frente a un hombre bajito, disfrazado de mosquetero, que acuchillaba tenazmente al animal. Aturdido, decidió bajar a tomar café para despejarse.

Varias personas discutían ante el televisor del bar. Ahora ocupaba la pantalla otro gran oso, retador y bípedo sobre la arena. Una reja circular le separaba de varios millares de espectadores. Un tipo vestido como el anterior se acercó con arrogancia al fiero animal. Esquivó sus acometidas con ágiles quiebros que recordaban pasos de ballet, y le asestó luego una cuchillada en el hemitórax derecho que mereció los aplausos enardecidos del público. En su buen inglés, Gennaro preguntó al camarero qué significaba todo aquéllo.

-Es nuestro espectáculo nacional, señor, nuestra seña de identidad cultural. Varios 'oseros' -así tradujo Gennaro el término inglés- esquivan las acometidas de osos salvajes, y los apuñalan según unas reglas convenidas que configuran un arte. Los animales son una variedad del oso malayo, en la que se ha conseguido aumentar el tamaño y la agresividad. Cada año resultan gravemente heridos una treintena de oseros, y a veces muere alguno con la columna partida o el cuello destrozado a dentelladas.

Algunos gritos interrumpieron la explicación del camarero. El oso había apresado al osero y rugía presto a devorarle. Varios ayudantes, golpeándole con mazas de hierro, consiguieron rescatar al mosquetero. Éste se levantó rabioso del suelo y, ante el entusiasmo general, hundió una gran navaja en el epigastrio del animal, que cambió su feroz gesto por la mirada inocente que precede a la muerte. Un primer plano del realizador permitió ver con detalle la expiración del oso, incluyendo elegantes vómitos de sangre y una evisceración del intestino delgado, altamente fotogénica. Gennaro estaba casi temblando. Le habló un joven que le observaba desde la barra del bar.

-Para atenuar su espanto, le diré que cada año crece el número de habitantes de la isla contrarios a este espectáculo. La última encuesta oficial revela que sólo le gusta al 20% de los nativos. Son indiferentes el 23%, y casi un 60% contrarios. Esta última cifra es aún más alta entre los menores de 30 años.

-Pero ¿cómo puede atraer a nadie esta matanza?, preguntó indignado Gennaro.

-Hay dos razones, contestó el de la barra. Una, que grandes poetas y pintores del país han dedicado a este espectáculo alguna de sus obras, lo que ha permitido su sublimación nacionalista. Otra, que la emoción no la produce el martirio del oso sino el riesgo de muerte que corre el osero.

-¿Aún peor! Eso es contrario al humanismo, equivale a emocionarse viendo jugar a la ruleta rusa. ¿Dónde quedan los grandes principios? ¿Dónde el pensamiento cristiano? ¿Dónde Kant?

-Perdone, pero se le nota demasiado su simplismo europeo. Olvida usted que esto no es Occidente y que nuestra cultura es más rica y antigua que la suya.

Al cadáver del oso le enuclearon un ojo y, ceremoniosamente, se lo entregaron al matador. Era un premio -explicó el camarero- por su depurado estilo de acuchillar. Fue entonces cuando Gennaro dijo basta. Horas después volaba de regreso a Europa.

Decidió usar sus vacaciones para conocer España. La tarde del 1 de julio llegó al Hotel Central de Madrid. Aunque él lo ignoraba, comenzaba ese día el llamado 'trimestre grande' de la llamada 'fiesta nacional'. Subió a la habitación. Sin deshacer su maleta, encendió el televisor...


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