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SOS para salvar a los caballos

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Raquel Garrido

n ALHAURÍN EL GRANDE. Lleva más de cinco años recogiendo y atendiendo a los caballos que son abandonados o maltratados en cualquier punto de Andalucía, pero ya no puede más. Concordia Márquez ha sacrificado su vida y parte de los ahorros de su familia para hacer realidad un sueño que sólo perseguía que los animales más desfavorecidos tuvieran un lugar donde recibir el cariño y los cuidados más elementales. Y lo consiguió, pero no fue como lo había imaginado

.

Con el paso del tiempo el centro, que la asociación CYD de Santa María levantó hace unos años en una finca del término municipal de Alhaurín el Grande con un proyecto muy ilusionante por cumplir, se ha convertido en el único de sus características de todo el país donde tanto el Servicio de Protección de la Naturaleza (Seprona) de la Guardia Civil como los ayuntamientos acuden cuando aparece un caso de maltrato o abandono de un caballo.

Pero esta generosidad y colaboración que la asociación ha demostrado en todo este tiempo no se ha visto recompensada en modo alguno con ninguna contribución económica por parte de las distintas administraciones. Gastos de comida, medicamentos y veterinario corren íntegramente a cargo de este centro, que sólo cuenta con las pequeñas donaciones que de vez en cuando realizan algunos voluntarios solidarios o los apadrinamientos.

La asociación no podrá resistir por mucho más tiempo y si no logra que alguna administración, institución o empresa se implique no tendrá más remedio que cerrar sus puertas. El plazo que se han marcado acaba el próximo 1 de enero, aunque por el momento ya han tomado la primera decisión drástica: no recibir más animales.

"Llevamos tres años en esta situación y ya no podemos aguantar más tiempo", aseguró Concordia, presidenta y fundadora de este proyecto, que ha contado desde el principio con el apoyo de toda su familia.

Su hermana Virginia, que también trabaja en el albergue, y sus padres vivían en Madrid y hace dos años decidieron hacer las maletas y venirse hasta aquí para echar una mano y sacar adelante el proyecto. No ha sido fácil, pero piensan que ha merecido la pena.

"Lo más desilusionante ha sido la falta de apoyo, aunque es una enorme satisfacción cuidar de estos animales", cuenta Virginia, de 29 años, que dejó su trabajo de periodista en Madrid para ayudar a su hermana.

El centro alberga en estos momentos una treintena de caballos, pero en otras ocasiones ha llegado a tener hasta 80 y los recursos empiezan a escasear. Y es que mantener uno de estos animales cuesta una media de 200 euros al mes, sin incluir el tratamiento que requieran sus lesiones o enfermedades.

La mayoría llegan con heridas, fracturas y deformaciones por los malos tratos que han recibido de sus dueños o la falta constante de cuidados. Todos los caballos del centro son los protagonistas de una triste historia que no siempre acaba con final feliz cuando llegan al centro.

"Intentamos por todos los medios no tener que sacrificar a ninguno, pero a veces están tan mal que no nos queda más remedio", señaló. Pero muchos sí logran salir adelante como es el caso de Don Bombón, un pequeño poni que llegó con una de las patas de atrás destrozada porque su dueño no lo llevó a un veterinario tras un accidente y ya ha conseguido hasta apoyarla.

El futuro de los que sobreviven suele ser poco esperanzador. La mayoría no vuelven a salir del centro, porque los requisitos para que sean adoptados son muy estrictos para evitar que vuelvan a sufrir.

En todo este tiempo Virginia ha aprendido que no se puede ayudar ni salvar la vida a todos los caballos que llegan malheridos, pero sí "ahorrarles mucho sufrimiento". Lo que más le duele es haber privado a sus padres de una vejez desahogada y tranquila.



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