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Torturadores vestidos de luces

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15 de Enero de 2008 - CONTRAVÍA

El toreo es una injusticia flagrante,a la que deberíamos renunciar.


Sus defensores justifican la barbarie del toreo alegando valores estéticos y espirituales. Sin embargo, la actividad sanguinaria a veces cae en lo ridículo, empezando por el tono entre bobalicón, erudito y teológico de los comentaristas radiales. La masa vociferante, borracha de manzanilla, armada con claveles para halagar al matarife vestido de luces, suscita en algunos emociones atávicas, que remontan a los sacrificios de la prehistoria cuando comíamos piojos. Lástima que a veces uno de los protagonistas del festival, el toro, descargue aguachirles verdosas sobre los bordados de lentejuelas del torero. O el caballo sus propios intestinos bajo el lujo del peto de gala.


Aceptemos la belleza de la injuria de la boñiga del herbívoro martirizado sobre el traje del verdugo -un gamín huye del hambre exponiéndose a las embestidas pagado por los empresarios de la desvergüenza con puñados de oro- y la de la paciencia del caballo ciego y sordo del picador. Pero es inevitable preguntarse si (dice Freud que la cultura es la suma de las represiones) la civilización que nos enorgullece no invita a la proscripción de ciertas hermosuras ambiguas, como sembrar de banderillas el morro de un pariente.


La guerra tiene una ética y una estética para sus tenebrosos apologistas. Anima escondidas fortalezas, honor, valor, solidaridad y la grandeza con el adversario. Eso no significa que sea deseable. Que no sea siempre una puerca desgracia colectiva.


El vuelo masivo de los bombarderos estremeciendo el cielo, el esplendor miserable de las ciudades incendiadas, el estruendo de la fusilería, el tumulto de los ejércitos sobrecogen con el poder del arte y los espectáculos naturales. Hablamos del arte de la guerra. Y dicen que el toreo es un arte.


La literatura escudriñó a veces las emociones en lo feo. Textos como La carroña, de Baudelaire, transforman el hervidero de las descomposiciones orgánicas en un joyel de preciosidades. Y recuerden la diarrea pánica de Sancho Panza la noche de los batanes. El arte del Bosco dejó testimonios inolvidables de calamidades históricas. El arte religioso, con sus cristos convertidos en campos de violetas machacadas, admira en el museo. Pero la conciencia prohíbe desgarrar al prójimo para exponerlo en una cruz por motivos estéticos. La belleza hipotética de algunas canalladas no las disculpa.


El toreo es una injusticia flagrante. Contra la belleza de las representaciones taurinas de Goya, Picasso, Fernando Botero y la mejor prosa de Antonio Caballero, por fin estimulante cuando escribe de toros, el toreo es una actividad a la cual deberíamos renunciar. Llena de trampas de cobardía que se nos ocultan por pudor: el toro y el caballo son preparados para la humillación pública. El triunfo del torero es siempre irrisorio.


Recuerdo que el mejor de mis amigos, el poeta Gonzalo Arango, que vivía cerca de la Plaza de Toros de Bogotá, al oír los alaridos del circo vecino exultaba con malignidad rara en él, y decía: ganó el toro.


Estoy convencido. Los asistentes a las plazas pagan por la esperanza siniestra de ver izado el guiñapo de un torero en los cuernos afilados del cuadrúpedo imponente. Por desgracia, no siempre se les permite contar a sus descendientes, complacidos y orgullosos, que estaban ahí la tarde compensatoria cuando el toro ensartó al gran Manolete, al Yiyo, a Cáceres o a Rincón. Perdedores por una vez en el esfuerzo de convertir en una fiesta el terror de un pobre mamífero ahogado en sangre. El torturador en traje de calle es cualquier pendejo como nosotros. El toro lo supera. No necesita disfraz para revelar su majestad.


Abajo los toreros. Mejor dicho: ¡arriba!... Es una forma de la caridad del toro transfigurarlos en inmortales en aras de sus astas. Los toreros retirados invictos se olvidan. Guardamos memoria de aquellos que son cosidos por la gracia del oficio, con la aguja de un cuerno, al tapiz histórico de su arte morboso.



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