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Mundo al revés, de Ángel Padilla

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Toda la gama de humillaciones del hombre al animal, pero a la inversa, se dan cita en esta novela que busca ser un revulsivo para el especismo galopante que hoy enquista el entendimiento del hombre.

Mundo Al Revés

“Mundo al Revés está a la altura de 'Rebelión en la Granja' de Orwell” (Centro de Documentación de la Novela Española, en el Negro sobre Blanco de TVE 2).

Sinopsis de la obra:

“El tornado se llevó por delante a algún animal –decía el presentador del noticiero de Canal 9, mientras aparecían imágenes de fondo de cerdos ahogados e hinchados, y añadía-: por fortuna, no hubo que lamentar víctimas.” Afirmaciones como ésta, repetidas hasta la saciedad en medios de comunicación, cafés, reuniones familiares, etc. me forzaron a levantar literariamente un mundo al revés, un entorno con la mayor consistencia real en que el torturado y el ninguneado fuese el humano, y su martirio, infligido por los seres que tanto desprecia: los animales.

Cuando comencé a escribir la novela me topé con el primer escollo: los animales, ni en ficción, podrían llegar a ser tan crueles como intrínsecamente lo es el humano. Así que la coherencia de la historia “se me fue dando” con cuentagotas, explicándome “las musas” que la trama debía situarse en un futuro cercano donde la manipulación genética llegue a tales extremos, que los animales hayan sido inoculados con genoma humano adquiriendo no sólo su inteligencia para sentimientos superiores como el de las artes, sino también su refinada crueldad.

Y, paralelamente, una catástrofe planetaria ayuda a la liberación de los animales, que rápidamente toman la Tierra y, guiados sus actos por el errado y monstruoso gen humano, comienzan a cometer las mismas atrocidades que antaño éstos cometían con ellos: establos de mujeres lecheras, zoos de humanos cautivos y maltratados, granjas de bebés humanos destinados a la alimentación animal, humanos culturistas disecados exhibiendo figura, corridas de toreros en las que unos toros vestidos de luces torturan a sus antiguos torturadores, futbolistas encerrados en jaulas en las que se ha ambientado un minicampo de fútbol, con su miniportería y su pelota, al modo de la tortuga en su minipalangana o del canario en su jaula-tumba...

Toda la gama de humillaciones del hombre al animal, pero a la inversa, se dan cita en esta novela que busca ser un revulsivo para el especismo galopante que hoy enquista el entendimiento del hombre.

Una novela que, por sus características, viene de la mano de la polémica.

Ángel Padilla

 

Ejemplares de esta obra puedes solicitarlos a:

 

ANDA

C/ Tudescos 4 – 4º ext. Izq.

28004 Madrid

Telf: 91 522 69 75 

 

Para cerciorarte del interés de su lectura, a continuación reproducimos:

UN FRAGMENTO DE MUNDO AL REVÉS

[...] El chimpancé Reflejo entró en su vivienda y abrió la jaula de florecidos barrotes de bambú del humano futbolista, el cual estaba arrellanado en el suelo de césped azul en actitud apesadumbrada y pensativa.

Vestía el, ya muy descosido y hecho jirones, uniforme de su equipo, compuesto de un pantalón corto rojo oscuro y una camisa a rayas rojas y blancas. ¿Zapatillas? Andaba descalzo. Sólo quedaban de sus botas de fútbol algunos cómicos fragmentos repartidos por la azulada hierba de su prisión. El humano tenía el cabello amarillo tan despeinado y en punta, que parecía que una descarga eléctrica recorría en silencio y sin tregua su organismo.

Cuando la inquieta mirada del animal colisionó con el balón, se puso en pie de un salto, con nuevo amanecer iluminando la noche de sus ojos y una naciente sonrisa encendiendo sus labios rosados, todo esto contrastando grotescamente con su tiznado rostro azul saturado de moraduras y heridas de diversa índole.

- Toma, chaval. ¡A jugar! –exclamó Reflejo, y le echó el balón.

El humano futbolista comenzó entonces a darle iracundas patadas a la pelota, ejecutando movimientos acrobáticos al regatear el balón a contrincantes invisibles, golpeándolo con el empeine del pie para generar un efecto que, debido a la pequeñez del habitáculo, no se producía y tan sólo el esférico rebotaba enloquecido aquí y allá en la jaula. Gritaba cosas incomprensibles (algo así como “e cago en la mieda”), pero parecía contento y agradecido.

En el interior de su ancha camiseta listada se podía ver que colgando de su pecho oscilaba la copa de oro, un anexo de carne y metal de su propio ser que, en sus largos periodos de descanso, le impedía acostarse boca abajo. Tanto corría detrás de la pelota, en un sitio tan reducido, que multitud de veces golpeaba ésta en su cuerpo, en su cabeza, en su cara, produciéndole contusiones y heridas (recordó Reflejo que una vez se les murió un humano futbolista debido a que de un balonazo demasiado potente le reventó la cabeza); pero el humano futbolista siempre pateaba el balón como si le fuera la vida en ello, intentando colar la pelota en la diminuta portería el mayor número de veces, con el rostro empañado de sangre fruto de un rosario de heridas, hasta que las fuerzas le fallaban y entonces caía exhausto al suelo, inmóvil y con la mirada fija en algún punto de la nada, como si su alma le hubiese abandonado para seguir correteando sin descanso, pero esta vez pateando al sol en el ilimitado campo de fútbol de la bóveda celeste.

Tener un humano futbolista resultaba caro: tres cabelleras al mes, pero valía la pena: “Uno se ríe mucho –pensaba Reflejo- viendo gozar al humano futbolista, en su jaula, con su pelota, su portería y su copa de oro. Y ¿qué otra cosa podría necesitar un H F más que una pelota y tres comidas al día? Además, dice papá que, de soltarlos en la selva, los humanos futbolistas mueren sin saber procurarse el alimento o, indefensos -su único arma es el balón-, caen devorados por leones u otros animales, entre ellos, nosotros. Así que somos sus salvadores y sus amigos”.

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